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Editorial: Las cosas por su nombre

  Paraná, 14 nov (APFDigital)


– En el Estado Plurinacional de Bolivia hubo un golpe de Estado que derrocó con uso de la fuerza a las autoridades legítimamente constituidas y que busca prolongarse a través del establecimiento de un gobierno débil, tutelado por la Policía y el Ejército, o surgido de elecciones con proscripciones



En términos clásicos de la teoría política, sustentados en los conceptos de Locke y de la división de poderes propuesta por Montesquieu, un “Golpe de Estado” es la usurpación de un poder del Estado o de sus funciones por otro.

Este concepto encontró una nueva acepción en el siglo XX, debido principalmente al intervencionismo directo o indirecto de los Estados Unidos en los países de América Latina y el Caribe y en algunos Estados africanos. En estos casos, quienes protagonizaban la asonada, el abordaje del poder institucional y político del Gobierno eran las Fuerzas Armadas, constituidas en lo que en Argentina se conoció como el “partido militar”.

En nuestro país, esta conformación es consecuencia de la disgregación del Partido Autonomista Nacional (PAN) a partir de la instauración del voto secreto, universal y obligatorio, reglas que permitieron que el radicalismo se quedara, a través de las urnas, con el Gobierno. Esta consolidación de un partido con fuerte raigambre popular, cerró definitivamente el camino del voto para que los sectores conservadores se hicieran con el control del Estado.

Surgió entonces lo que Leopoldo Lugones denominó “la hora de la espada”: los militares, a punta de bayoneta, serían el vehículo para que la política responda a los intereses de los sectores concentrados de la economía. Sobre esta base se produjo la interrupción del orden constitucional en 1930 y la consiguiente manipulación de la voluntad popular vía el fraude patriótico que la llamada Concordancia implementó desde entonces y hasta 1943, período conocido como “Década Infame”.

Ese año, por acción de un grupo de militares (“GOU”), una revuelta quebró el sistema de alternancia sin aval popular que iba a ubicar en la primera magistratura a Robustiano Patrón Costas y abrió el camino para que dos años después, en elecciones libres y democráticas, el peronismo retomara la senda de los gobiernos populares interrumpidos en el ’30.

En 1955, una nueva asonada militar, avalada por la Iglesia Católica, derrocó al gobierno justicialista, dando inicio a una etapa que se extendería casi por 30 años de dictablandas, dictaduras y regímenes sólo equiparables por su crueldad con la Alemania Nazi, alternados con mandatos democráticos débiles o debilitados.

En octubre de 1983, las elecciones consagraron a Raúl Alfonsín como presidente. El nuevo mandatario dejó a las generaciones posteriores de argentinos un legado claro: la democracia no es un sistema de elección, sino un modo de vida (“democracia con la que se vota, pero también con la que se come, se cura, se educa”, clamaba) y, al cumplir cien días en la Casa Rosada, auguró 100 años de democracia interrumpida para la Nación.

En 1987, ambas definiciones pasaron su prueba de fuego.

El entonces Coronel Aldo Rico rebeló varias unidades militares en defensa corporativa de algunos de sus camaradas citados por la Justicia por crímenes de lesa humanidad. Puso en jaque la cadena de mandos, exigiendo el recambio del Jefe del Ejército. Bajo este reclamo, se escondía la intención del partido militar de seguir tutelando al pueblo argentino.

Quien mejor entendió la situación fue Alfonsín. Rápidamente dejó en claro la disyuntiva bajo la consigna democracia o dictadura. El justicialismo, aún en crisis interna, no dudó: su principal figura, Antonio Cafiero, se plantó en el palco al lado de Alfonsín. Es decir, del lado de la democracia.

Las plazas se llenaron de gente embanderada con su identidad partidaria y la asonada, aunque con consecuencias indeseadas, fue superada.

“La casa está en orden. Y no hay sangre en la Argentina”, clamó Alfonsín desde el balcón de la Casa Rosada. La importancia de esa sentencia fue revalidada por la historia: el gobierno democrático argentino estaba cercado por dictaduras en los países limítrofes y el destino de un país latinoamericano nunca es autónomo de lo que ocurre en la región.

Algo más de 30 años después, quienes debían ser los sucesores de las ideas y principios alfonsinistas, cambiaron su herencia por un plato de lentejas y se despegan del destino de la región, y por lo tanto de la Argentina, mirando para otro lado cuando el pueblo hermano de Bolivia fue víctima de un golpe de Estado protagonizado por la Policía y las Fuerzas Armadas, que forzaron la renuncia del presidente Evo Morales a pocos días de que terminara su mandato y horas después de que anunciara elecciones a fin de solucionar objeciones poco claras que la Organización de Estados Americanos (OEA) había hecho a los comicios de octubre.

Pocos dirigentes del centenario partido han sido capaces de observar que lo que ocurre en el vecino país es un reflejo claro de que lo que tuvo que atravesar el radicalismo en su historia. La turba ingresando por la fuerza a la vivienda de Morales y destrozando todo a su paso se calca perfectamente sobre la horda que destrozó el departamento de Hipólito Yrigoyen, picando las paredes buscando lingotes de oro.

Bolivia no vive un quiebre institucional. Esa figura se ajusta a lo sucedido con Fernando de la Rúa: incapaz de afrontar la crisis, prefirió renunciar. Los mecanismos institucionales se pusieron en marcha y la continuidad del Estado estuvo garantizada por el Congreso. Difícil encontrar un parangón de esto con las tropas del Ejército y la Policía bolivianos persiguiendo a legisladores de Morales, impidiéndoles ejercer su rol y empoderando al frente del Estado a una senadora que no estaba en la línea de sucesión y sin que el órgano legislativo haya aceptado las dimisiones del Presidente y Vice.

El tiempo de Bolivia es el tiempo de Latinoamérica. De lo que pase allí dependerá lo que ocurra en la región durante las próximas décadas. Y cada uno deberá, colectiva e individualmente, definirse en función del axioma de Alfonsín: Democracia o dictadura. (APFDigital)



 





Fecha Publicación: 15/11/2019  06:32 

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