Murió Darío Lopérfido

En las últimas horas murió a los 62 años Darío Lopérfido, exsecretario de Cultura y Medios de Comunicación de la Nación durante la presidencia de Fernando de la Rúa (1999-2001) y exministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires por seis meses durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta. Tenía 62 años; padecía Esclerosis Lateral Amiotrófica, enfermedad con la que fue diagnosticado en julio de 2024.
viernes 27 de febrero de 2026 | 9:36hs.

Dos meses antes de morir, Darío Lopérfido compartió algo estremecedor y penosamente realista: “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”. Lo publicó en la revista de cultura y política Seúl, en una columna titulada “Tener ELA es una mierda”, donde describió también sin ambages: “Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba”. Destacó, como cosa del pasado, que había sido un buen polemista; sin embargo, hasta el final de su vida siguió escribiendo columnas que creaban chispas.

La ELA le había quitado la voz, el paso firme, la vida social. La pasión contendiente, no. Quizá no todo el Lopérfido de antes de la enfermedad había muerto antes de este 27 de febrero de 2026, cuando se conoció la noticia en Madrid, donde vivió los últimos años.

Lopérfido no era un polemista de red social, algo hoy directamente vintage. Su ironía buscaba la estructura de un argumento. Hace poco describió las discusiones entre los argentinos sobre el texto de una ley: “La consigna siempre llega primero. Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso”.

No siempre tuvo razón. En 2016 cuestionó la cifra de 30.000 desaparecidos de la última dictadura, una posición que contradice el consenso de los organismos de derechos humanos e hirió a tantas familias con muertos sin tumba. Pero —otra característica de Lopérfido: una coherencia a pesar de los costos— no rectificó su dicho. Años después, explicó: “Me podría haber retractado y seguir tranquilo o mantenerme en mi posición. Eso hice y me siento orgulloso de mi actitud”.

Las rivalidades inteligentes

El escritor Jorge Asís, otro polemista nivel nuclear, lo elogió en el recuerdo: “Uno de los oponentes más inteligentes que tuve en mi vida”. Los unía una mutua simpatía en tensión porque habitaban trincheras políticas opuestas. Cuando Lopérfido asumió como secretario de Cultura y Comunicación durante el gobierno de Fernando de la Rúa —contó Asís— “recuerdo haber hecho alguna ironía en una entrevista, dije que salí a buscar sus libros y no los pude conseguir en las librerías”. El chiste siguió: entonces pensó que quizá era pintor, pero tampoco lo conocían en las galerías, que tal vez era bailarín, y así. “Él se divirtió mucho, se rió y muy inteligentemente dijo: ‘Pasa que Asís y yo no somos contemporáneos’”.

En esa rivalidad lúcida, tuvieron amigos en común: “Por supuesto, la señora Esmeralda Mitre, que es un personaje absolutamente notable y fascinante”. Con los años, a Asís le quedó “una imagen intensa” de Lopérfido: “Un pibe infinitamente culto, con una erudición académica, y lo dicho: inteligente”.

Ideas sobre la libertad y las instituciones

Lopérfido era políticamente liberal, una expresión que en tiempos de libertarios no hay que dar por sobreentendida. Tenía como eje de su vida, según dijo en una entrevista, “la defensa de la libertad”. Lo repitió al asumir la dirección de la Cátedra Vargas Llosa, iniciativa literaria internacional, cuando habló del intelectual francés Albert Camus como “un guía intelectual: ayuda a pensar que cualquier forma de autoritarismo es cuestionable, ninguna ideología o dogma se puede superponer al hombre”.

Pensaba en las instituciones republicanas en el mundo, que sostienen esa libertad: “El hecho de no mandar tropas a Ucrania mostró que Europa deja a sus ciudadanos a la deriva frente a autócratas como Putin”, opinó. Cuando Isabel Díaz Ayuso, del Partido Popular de la Comunidad de Madrid, ganó las elecciones contra Podemos, la celebró para celebrar la democracia: había debatido en la campaña, había ganado en las urnas. “Así se hace”, escribió.

Había votado a Milei por su antikirchnerismo visceral, pero lo criticaba: “La pobreza sigue siendo enorme, la educación sigue en declive, la seguridad sigue siendo una preocupación, la corrupción no se ha erradicado”. Y cuando el presidente argentino cantó con el Chaqueño Palavecino le recordó que lo suyo era el gobierno, no el espectáculo. Lo comparó con Carlos Menem, sin visos de elogio.

Huella en la cultura argentina

Es llamativo que alguien con las credenciales de Lopérfido no haya terminado el secundario. Se formó en temas creativos desde el hoy inexistente papel de cadete en una agencia de publicidad, después en revistas culturales y en la emisora de radio FM Rock & Pop. En 1992, con 28 años, asumió la dirección del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la Universidad de Buenos Aires, donde lo marcó “el vigor de una escena cultural porteña”, aquella de fines de los ochenta y comienzos de los noventa, que nunca olvidó.

De su gestión como secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires salieron dos instituciones que sobrevivieron largamente a su fundación. El Festival Internacional de Buenos Aires nació en 1997; el BAFICI, en 1999. El festival de cine independiente se consolidó como el más importante de América Latina y una referencia internacional bajo directores artísticos como Quintín, Sergio Wolf y Marcelo Panozzo.

En febrero de 2015 asumió como director general y artístico del Teatro Colón, la histórica ópera porteña y la más importante de América Latina. Durante su gestión incrementó la presencia de figuras internacionales y de argentinos con carreras en el exterior, inició las transmisiones por streaming y abrió los ensayos al público. En diciembre de ese año el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta lo nombró además ministro de Cultura de la Ciudad. Los dos cargos le duraron poco: las declaraciones sobre los desaparecidos le costaron el ministerio en julio de 2016 y la dirección artística del Colón en febrero de 2017. “Me siento bastante reconocido luego de mi paso por el Teatro Colón donde conocí a gente muy interesante”, diría luego.

El entonces presidente Mauricio Macri lo designó representante especial para la promoción de la cultura argentina en Berlín. “Para los que nos gusta la música clásica”, resumió Lopérfido, “es como estar en Disneylandia”. Duró nueve meses: en 2018 dejó la función pública para debutar como régisseur con Lulú, de Alban Berg, en el Teatro Avenida. Había elegido esa ópera, dijo, porque era “una obra maestra” y porque le interesaba “pensar en los eventos colaterales de grandes momentos de liberación sexual y efervescencia, como el Berlín del 20”.

Jorge Telerman, que fue jefe de gobierno de la Ciudad y dirigió el Teatro Colón, compartió con él esa filosofía. Se habían encontrado, dijo, “en nuestras mismas pasiones, en relación a la cultura, a la importancia del desarrollo cultural, a las actividades de riesgo, de borde, de innovación”, en la conversación sobre cómo incluirlas en la agenda pública. “Algo en lo que estábamos siempre de acuerdo, y que él hizo con excelencia en la Secretaría de Cultura y en el Colón”. Fueron muy cercanos durante años; el distanciamiento llegó “por cuestiones derivadas de la política, absolutamente menores en relación a lo que hay que considerar en la vida”, valoró Telerman. Y aun en esas diferencias, dijo, nunca dejó de reconocerle “su honestidad y el criterio de verdad con el que organizaba su pensamiento y sus expresiones, con él mismo y con los demás”.

La cercanía con Vargas Llosa

Lopérfido vivió sus últimos años en Europa. Comenzó a trabajar en la Cátedra Vargas Llosa, iniciativa literaria internacional del Premio Nobel peruano: tenía una relación antigua, personal, con Mario Vargas Llosa. “Conocer, conversar y trabajar con Mario fue una de las cosas más importantes de mi vida”, dijo. “Integrar el grupo que lo acompañó en París el día en que ingresó en la Academia de las Letras Francesas fue un honor y un hecho inolvidable.” La Cátedra organizaba eventos literarios, otorgaba el Premio de Novela Vargas Llosa y tenía como eje explícito la libertad de expresión. En ese marco, ya con la ELA avanzada, Lopérfido grabó en Madrid el ciclo El hombre rebelde: entrevistas con —entre otros— el venezolano Leopoldo López, el escritor Sergio Ramírez exiliado de Nicaragua, y Yunior García, dramaturgo cubano disidente.

Vargas Llosa murió en abril de 2024 sin saber que su colaborador tenía ELA: el diagnóstico se reveló al mes siguiente. Lopérfido había empezado con un problema de movilidad en una pierna; luego notó que se extendía a su mano izquierda. Como era diestro, comentó: “Por suerte puedo escribir.”

La ELA, contó en Seúl, es “una enfermedad sin épica”: no hay tratamiento dramático para que los demás vean que uno “la está peleando”. Lo que sí había era deterioro constante y sin anécdotas. “Lo más heroico que te puede pasar es caerte”, escribió. “Yo me caí bastante, pero caerse da un poco la imagen de idiota”.

La enfermedad, la paternidad, la muerte

Era ateo —pero no “fanático, como Christopher Hitchens”, aclaró— porque simplemente no podía creer en dios. “Lo vivo, más bien, como una falta. Me hubiese gustado”. Ante la enfermedad incurable eso tenía consecuencias prácticas: “Si tenés ELA, la única alternativa para no convertirte en una planta delante del televisor es expandir la actividad cerebral al límite.”

Fue en ese contexto que grabó su última entrevista con el escritor Martín Caparrós, quien también sufre de ELA y vive en Madrid. Se conocían hace años y se respetaban a pesar de pensar distinto en, básicamente, todísimo todo: “Él es de izquierda y yo liberal, y eso no es motivo para no tener una buena relación”. Lopérfido había leído el libro de Caparrós sobre la enfermedad, Antes que nada, y decidió contarle que compartían el diagnóstico un par de días antes de grabar.

Marcelo Figoli, empresario, ex socio y dueño de los medios donde Lopérfido publicó sus columnas, lo definió como “un referente de nuestra cultura, un creativo, una persona con mucha sensibilidad y con muchas ganas de seguir innovando.” Lo vio trabajar hasta el final “con coherencia en su pensamiento político, en las ideas de la libertad desde el punto de vista humanista.” Recordó que “discutía con quien tenía que discutir, pero de manera sana, abierta, clara, respetuosa”. Lo despidió como “un gran amigo, una persona de mucho código, que vivió con austeridad y terminó su vida de la misma manera”.

Para alguien que, como Lopérfido, había explicitado su defensa la libertad individual frente al Estado, el dogma y la corrección política, la muerte asistida —que es legal en España— era evidentemente parte de la conversación: el derecho a elegir el camino del propio cuerpo. “Uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir. Vivir no debe ser obligatorio”. La definió como “la más liberal de las muertes” y como “el mayor logro de la humanidad para quienes no tienen esperanza y sólo conviven con el infierno.” No había tomado esa decisión, aclaró al hablar del tema, pero saber que estaba disponible lo aliviaba. Era una posición que había tenido siempre. La ELA sólo la había vuelto personal.

Como le ha sucedido a otros muertos jóvenes, lo que más lo entristeció no fue saber que cruzaría el Leteo sino no estar de este lado cuando la vida le siguiera pasando a su hijo, Theo, todavía un niño. “Me da furia perderme cosas de mi hijo”, escribió. Había llegado a la paternidad a los 54 y lo había vivido como una revelación. “Desde que nació Theo pasamos mucho tiempo juntos”, recordó. Pero no hubo fútbol compartido, ni paseos, ni parque de diversiones, publicó InfoBae.

Ante eso, hizo lo que podía dentro de lo que sabía, escribir: “Pienso que cuando crezca y yo esté muerto, él podrá leerme”. (APFDigital)