"LOS PARTIDOS MANEJAN LA ESFERA PUBLICA COMO SI FUERA UNA EMPRESA", REFLEXIONO EL RADICAL BRASESCO
PARANÁ, 07 JUL (APFDigital)
Las evocaciones de una ciudad y un país en sepia, se agolpan en el repaso de Luis Agustín Brasesco, que recibe a EL DIARIO en un estudio del primer piso en la casa que habita desde que se tenga memoria, ubicada en la calle Illia, que alguna vez se llamara Gualeguay.
Amigo de la charla distendida, comparte anécdotas de una comarca que lentamente ha ido desapareciendo pero que inexorablemente lo marcó, como ciudadano y como dirigente político. Pese a militar desde la adolescencia, recién a los 55 fue candidato a cargo electivo, lo que no comenta como un menoscabo sino como todo lo contrario.
Pudoroso, prefiere evitar las referencias a su papel durante la última dictadura, cuando no preguntaba a qué partido estaba afiliado el ciudadano detenido cuyo paradero reclamaba, lo que lo revistió de un extendido y compartido respeto. Hombre de ideas, fue senador nacional por el radicalismo entre el 29 de noviembre de 1983 y el 9 de diciembre de 1992, secretario de la Convención Constituyente de 1994 y convencional en la reforma de la Carta Magna provincial, producida durante 2008.
Todas sus referencias estarán matizadas por algún rasgo de profundidad analítica. Podrá contar, por caso, que allá lejos y hace tiempo, los trenes traían frutas y verduras que unos carretones tirados por bueyes trasladaban a través de calle Belgrano y Salta hasta el puerto y que, una vez descargadas, subían por 9 de Julio, en ese momento empedrada, hasta la zona de Racedo, convertida en una constelación de lugares de confraternidad para changarines de distinto pelaje, que cobraban por bulto.
Inmediatamente, acotará que los trenes paraban en todas las estaciones para proveer insumos a los almacenes de ramos generales de cada pueblo; y sostendrá, con la misma naturalidad, que esos lugares donde se conseguía todo lo que se necesitaba, pero también se jugaba al billar, a las bochas o al truco, se escuchaba radio gracias a un aparato enorme con acumulador y se compartían bebidas alcohólicas de raigambre popular, eran los antecedentes de los clubes tal como hoy los conocemos. Con el mismo talante y autoridad, al rato se quejará de que “hay un endiosamiento de la juventud y una degradación indolente con el niño y con el viejo” o, irónico, sentenciará que “me río de los muchachos que se enojan con un partido porque a los 25 años no son diputados provinciales”.
- Desde el 83 ha tenido la suerte de estar cerca de eso que genéricamente se llama poder, ¿qué es, desde su experiencia?
– Para nosotros el poder siempre fue algo con lo que había que relacionarse con mucho cuidado. Tuve mucha suerte de conocer y hablar con (Crisólogo) Larralde, de ir en camión a Córdoba con otros mocosos, a Villa María, a conversar con Amadeo Sabatini; y aprendimos de ellos una cultura, de locos si se quiere, por la que no pensábamos en hacernos ricos. Teníamos la fantasía de ser como San Martín cuando éramos jóvenes: que recordaran lo que hacíamos por 100 años o más después de morir. No pensábamos en la plata. Y yo estoy contento de haber sido así. Nos educaron en la política de una manera que, seguramente por las contingencias, teníamos claramente identificado qué era el régimen, la compra de conciencia, el soborno y, por lo tanto, el cuidado que se debía tener cuando se estaba en un lugar de decisión, dado que había en la sociedad gente con intereses fuertes que pugnaban por sacar provecho a como dé lugar.
Así que cuando llegué, estaba en guardia. El poder, con el que hay que lidiar sin incinerarse, atrae a todos los factores de poder, ya sea que tengan una posición dominante o la quieran tener.
Lo que ayuda es no desprenderse de lo que uno es, del lugar incluso geográfico al que pertenece, de las relaciones. Siendo senador, a Raúl Alfonsín le rechacé proyectos en los que estuvo mal asesorado, poniendo en riesgo en cierta forma la amistad profunda que nos unió y mellando, al menos durante un tiempo, la llegada mía a distintos ministerios.
Pero hay que tener claro que el poder es la sociedad misma que acosa a todo lo que tenga autoridad o mando.
– ¿Qué representa el mayor peligro en el poder?
– Lo peor del poder son los adulones y, luego, los cuervos, capaces de hacer lo que sea para sacar ventaja.
• Raíces
– ¿Es un problema de estructuras?
– En el caso argentino, diría que el problema primero es individual. Todos hablamos de los cambios a escala social e institucional, pero nadie se anima a transformarse a sí mismo. Porque la corrupción es un emergente cultural: nosotros aplaudimos al que la hace pero no lo agarran, ésa es la verdad. Y es una medida del drama nuestro: hablar contra la corrupción queda bien; pero…
– Se trata de un fenómeno complejo…
– Como la sociedad. Es bueno decirlo porque hay un montón de análisis que al extremar la simplificación, creen explicarlo todo y no aportan demasiado. Por ejemplo, el gobierno no tiene oposición, tiene oposiciones. Y, en más de un caso, los sectores que critican al gobierno exhiben intereses concretos divergentes, contrapuestos, antagonistas. Del mismo modo, todos los partidos y profesiones tienen chantas y corruptos, pero no hay que atacar la institución en sí o los sectores sino que hay que moralizar al hombre. Nadie nace de un repollo: crece en una comunidad, consolida valores y, con ellos, se proyecta cuando ocupa un lugar en la función pública. La misión del político debiera ser armonizar el mosaico de intereses que se expresan en la sociedad, pero eso no siempre ocurre.
– ¿Cómo se construyen políticas de consenso?
– Hay que apuntalar los espacios de interacción social.
– Que es como decir…
– Que hay que institucionalizar los sectores: a los ya institucionalizados, invitarlos a participar, a que se sienten en una misma mesa y vean cómo ponerse de acuerdo; y a los no institucionalizados, inspirarlos a que se organicen. Y reinstitucionalizar las instituciones.
– ¿Cómo avanzaría en ese sentido?
– En Europa, funcionan los Consejos Económicos y Sociales. Acá lo incluimos en la Constitución Provincial, como un órgano de consulta de los poderes públicos. La ley que se necesita fue sancionada y promulgada, pero aún no se conformó. Una pena.
A nivel nacional, debiera funcionar un comité tripartito del que participen, con carácter permanente, las representaciones de los trabajadores, los patrones y el Estado para velar por la armonía entre la rentabilidad, la productividad y la capacidad adquisitiva del salario.
– ¿Y por qué no se institucionalizan estas prácticas?
– No vaya a creer que es sólo porque los políticos no quieren. Muchas veces, los principales detractores de estas iniciativas son los sindicalistas y los empresarios. Si no, que alguien me explique por qué cuesta tanto instrumentar la cogestión en las empresas, que está en todos los países más o menos serios del mundo. Acá se dan por satisfechos con el delegado obrero en el directorio, que cobra un sueldito pero que no participa de la gestión que también le debe interesar a los trabajadores.
Estos temas debieran estar alimentando el debate político, todo lo otro es pasajero. Eso reconciliaría a la política profesional con el hombre común, con sus problemas reales, porque lo que estaría en juego es su presente, su futuro, el de su familia y a través de ella de la comunidad en la que vivimos. El problema, en todo caso, es que esto que es tan fácil de decir y de entender resulte tan difícil de ser llevado a la práctica.
– Pero en política el éxito es hacer en nombre de otros. ¿Cómo se congenia eso con esto que usted propone?
– Es que ahí habita un extendido error. El éxito de la política debiera ser poder establecer los términos de lo posible. El punto de equilibrio entre posiciones antagónicas es lo posible, ni más ni menos. Concertar es eso, pues. Menos discurso elocuente y más persuasión del maestro.
• Ser de aquí
Luis Agustín Brasesco proviene de un hogar donde la política era el pan de cada día. Creció en un barrio que fue un crisol de procedencias, lo que se advierte al auscultar la raíz de apellidos característicos tales como Bonfils, Socolovsky, Zacarías, Dayub o MacKinnon. “Mi padre tuvo almacén frente al club Talleres, donde antes funcionó la estación de tranvías a caballo”, rememora. “Se llamaba Génova, no de casualidad”, recuerda.
“El barrio va cambiando, pero en estas cuadras la gente sigue sacando la silla a la vereda”, cita, no sin subrayar que, de gurises, “jugábamos a la pelota en la calle, 24 contra 24: un arco sobre calle Belgrano y el otro en Yrigoyen”.
En una habitación en la que predominan libros de un lado y, en la pared de enfrente, diplomas que acreditan que no ha pasado en vano por la política y la vida institucional, evoca de modo particular la muerte de su papá.
“A los 13, la vida me obligó a llevar pantalones largos”. Pero no se detiene exageradamente en los momentos bravos que le tocó superar, los sobrevuela, volviéndolos más livianos. “Viví toda mi vida no ya en el mismo barrio, sino en la misma cuadra, siempre cerca de la vía que, como suele ser usual, determina una frontera entre lo urbano y lo marginal en cualquier ciudad”, señala, antes de recordar, con ciudadano orgullo, que “di mi primer discurso público a los 15 años, en San Agustín, como parte de la campaña Tamborini-Mosca”.
Recibido en la Universidad Nacional del Litoral, ejerció el Derecho menos para provecho individual que como una dimensión de su compromiso con ciertas y determinadas ideas. Tiene un automóvil modesto, más chico que un Chevrolet, bien cuidado pero de innegable antigüedad, que comparte con la familia.
El paso del tiempo no lo obsesiona, pero tampoco evita referirse a él, en distintas ocasiones: “Quisiera vivir 40 años más, pero no voy a poder”; “siendo del ayer, en el hoy servís”; “es un error de todos los partidos: dejan de lado a los que tienen experiencia, que pueden dar una mano aunque más no sea contando lo que han vivido”.
• Mirada local
– ¿Qué cambió en Paraná en particular en todos estos años, la militancia, el dirigente, la política?
– Hay un cambio en la sociedad que ha impactado en los partidos políticos. En otra época los partidos fueron escuelas doctrinarias, eran los lugares donde la identidad se conformaba también de manera intelectual, desde la filosofía, la historia, un modo de entender los procesos sociales. En Europa, hasta universidades tienen a cargo.
Hoy, con suerte, los partidos políticos son escuelas de gerentes que se manejan en la esfera pública como si estuvieran a cargo de una empresa. A la doctrina, los partidos políticos actuales la tienen en la vitrina, en la biblioteca, como si fuera una pieza de museo. Por eso los dirigentes cambian la agenda según el humor de la gente: porque no tienen entidad para pensar los problemas y distinguir lo fundamental de lo contingente.
Ni se sienten en condiciones de defender una acción de gobierno cuando no se ve, pero será fundamental para la vida de la comunidad. Y, concomitantemente, los procesos de evaluación, sin ese plus que da contar con elementos para discernir lo central de lo superfluo, también se distorsionan.
La sociedad discute, discutimos, política desde un endiosamiento de las encuestas, convirtiendo a un instrumento de medición en un oráculo. O, peor aún, de la demanda de los medios de comunicación. Por eso también los proyectos no se sostienen como ocurre en otros países, como Brasil, para no irnos tan lejos.
– Brasil con todos sus problemas a cuestas…
– Pero que los va a resolver porque en algunas esferas se discuten los temas centrales y se opera en consecuencia. Nosotros a eso no lo tenemos, lamentablemente. No lo hemos podido consolidar como un patrimonio común desde 1983 hacia acá. Y es una deuda importante que, en buena medida, tiene que ver o se corresponde con el vaciamiento ideológico de los partidos políticos. Los frentes electorales nuestros están hechos para amontonar candidaturas y votos pero no surgen de la búsqueda de un programa y una estrategia.
– ¿Cuándo cayeron en desgracia los equipos técnicos, la idea del gabinete en las sombras?
– No sé exactamente cuándo, pero sé por qué. Porque los que quieren ser presidentes, gobernadores, intendentes o legisladores desprecian el trabajo de estos grupos. Son como caciques: quieren tener su gente, no importa si piensan o saben. En el fondo, tienen miedo de que alguien se les plante y les diga que está mal lo que quieren hacer.
De todos modos, mi impresión es que este estado de cosas tiene que cambiar. Y ojalá sean los jóvenes los que encuentren cómo transformar el lugar donde viven en un lugar mejor y que, para eso, adviertan que deben recuperar la doctrina y la filosofía de los partidos.
-¿El problema son los partidos o los dirigentes?
- Los partidos tienen filosofías y doctrinas modernas; los que no son modernos son los dirigentes. Hay una hipocresía muy fuerte. Y, de fondo, la mediocridad se ha impuesto sobre el talento; el éxito, sobre el trabajo. Ésa es parte de la decadencia que nos agobia. En la política todos discuten poder, pero nadie discute gobierno. (APFDigital)