Cuatro de cada diez chicos argentinos no pueden comprar ropa ni zapatos
El estudio advierte que la falta de vestimenta no constituye solamente una carencia material. También puede afectar el bienestar, la identidad, la seguridad y la posibilidad de integración social durante una etapa clave del desarrollo.
El informe, basado en indicadores de la encuesta de la deuda social argentina, pone la lupa en aspectos de la pobreza multidimensional que hacen a la vida de los niños y que son significativos para ellos. "Uno de ellos es la vestimenta, en la cual se logró determinar que en 4 de cada 10 chicos sus padres advierten que no pueden comprarles ropa ni zapatos”, explicó Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA y autora del informe.
La especialista señaló que el problema excede la posibilidad de contar con ropa adecuada para atravesar el invierno. Se trata también de poder acceder a prendas acordes con la edad y el contexto social, elementos que intervienen en la construcción de la identidad durante la infancia. En ese sentido, el informe destaca que la vestimenta también puede brindar seguridad y favorecer la integración de los chicos a sus grupos de pertenencia. La imposibilidad de acceder a ella puede hacer que se sientan diferentes respecto de sus pares.
A esta situación se suman otras dificultades vinculadas con la vida cotidiana y el desarrollo. En 4 de cada 10 chicos, sus padres reconocen problemas para aprender o falta de deseo de asistir a la escuela. A su vez, 2 de cada 10 tienen dificultades para hacer amigos o sentirse parte de un grupo de pertenencia. “Son aspectos que no se pueden analizar de manera aislada, que están vinculados”, sostuvo Tuñón.
LOS MÁS POBRES DE LA POBLACIÓN
La pobreza infantil en Argentina alcanzó su máximo histórico en 2024, cuando llegó al 70,4%. Aunque desde entonces descendió, en 2026 todavía afecta al 42,5% de los niños, niñas y adolescentes, mientras que la indigencia alcanza al 9,5%. En este contexto, el informe también evaluó el impacto de la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la Tarjeta Alimentar (TA). Los datos muestran que ambos programas logran contener las situaciones más extremas, aunque tienen una capacidad mucho menor para sacar a los hogares de la pobreza.
Sin esas transferencias, la indigencia infantil pasaría del actual 9,5% al 16,4%. En el caso de la pobreza, en cambio, el indicador subiría del 42,5% al 47,8%. Para el estudio se utilizaron dos fuentes de información. Una de ellas es la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, a partir de la cual se mide la pobreza monetaria y la indigencia y se analiza el impacto de las transferencias de ingresos.
La evolución de los indicadores muestra además que, si bien la pobreza y la indigencia alcanzaron sus máximos en 2024, los niveles registrados este año son similares a los de años anteriores. Tuñón destacó que en 2026 la indigencia se encuentra en niveles parecidos a los de 2019 y la pobreza, a los de 2018. “Está claro que los chicos son los más pobres de la población, con un nivel de incidencia mucho más elevado que el de los adultos”, afirmó.
La investigadora remarcó además que las consecuencias de la pobreza adquieren una dimensión particular durante la infancia, debido a los procesos de crecimiento y desarrollo que atraviesan los niños. “Es importante entender que la pobreza y, sobre todo, la indigencia, no calan igual cuando se es niño y se está en un proceso de desarrollo físico, cognitivo y social”, expuso Tuñón al señalar que las secuelas de vivir la pobreza crónica en esa etapa de la vida resultan difícil de subsanar al crecer. (APFDigital)