Quién es Alice Weidel: La líder de la ultraderecha alemana
En enero de 2025, la ultraderecha alemana protagonizó una escena difícil de imaginar unas décadas atrás. Reunida en Riesa, Sajonia, Alternativa para Alemania (AfD, Alternative für Deutschland) eligió en su congreso partidario por unanimidad a Alice Weidel, de entonces cuarenta y cinco años, como candidata a canciller. Era la primera vez que el partido presentaba una candidata al cargo y también la primera que una mujer abiertamente lesbiana aspiraba a conducir Alemania desde una fuerza de extrema derecha.
Alice Weidel, nieta de un juez nazi miembro de las SS, autodefinida agnóstica, ya no es la figura excéntrica de un partido marginal. Fundada en 2013 durante la larga hegemonía de Angela Merkel, Alternativa para Alemania fue impulsada por ciertos sectores conservadores desencantados con la CDU (Democracia Cristiana). Gestada al calor de la crisis del euro como una fuerza euroescéptica y liberal, fue desplazándose durante la década siguiente hacia posiciones cada vez más nacionalistas, anti inmigratorias y nativistas, hasta convertirse en la fuerza de extrema derecha más exitosa de la Alemania de posguerra.
Entró al Bundestag en 2017, se convirtió en la segunda fuerza nacional en 2025 y, el pasado domingo 6 de septiembre de 2026, alcanzó un nuevo récord: el 43,8 por ciento de los votos en Sajonia-Anhalt y 39 de los 83 escaños del parlamento regional, apenas tres por debajo de la mayoría necesaria para gobernar alemania.
Ese éxito, sin embargo, no significa que Weidel tenga asegurada la Cancillería. El sistema parlamentario alemán exige construir una mayoría en el Bundestag y los principales partidos han mantenido hasta ahora la llamada Brandmauer, el “cordón sanitario” que excluye acuerdos de gobierno con la AfD. El problema para el resto del sistema político alemán es cuánto puede resistir esa barrera si la fuerza continúa creciendo.
Este crecimiento de AfD ocurre, además, bajo una controversia institucional inédita: en mayo de 2025, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV) calificó al partido como una organización de extrema derecha, señalando especialmente su concepción étnica de la pertenencia al pueblo alemán y su trato discriminatorio hacia inmigrantes y minorías. La clasificación quedó luego suspendida mientras se dirime la batalla judicial.
Una familia para Alice, otra para Alemania
En aquel congreso de 2025, los delegados de AfD modificaron el programa electoral para precisar exactamente qué entendían por familia: “padre, madre e hijos”. Pero la familia de Weidel no entra en esa definición. La dirigente vive entre Alemania y Suiza con su esposa, la cineasta de origen esrilanqués Sarah Bossard, y sus dos hijos, gestados por Bossard con un donante de esperma y adoptados por ella. La mujer elegida para convertirse en el rostro de la ultraderecha alemana pertenece, en otras palabras, a uno de los modelos familiares que su propio partido se niega a reconocer como tal.
La contradicción es tan shockeante que la mayor parte de la cobertura mediática se queda en esto: una lesbiana al frente de un partido que combate la “ideología de género” y que ha intentado revertir el matrimonio igualitario. Pero el fenómeno Alice Weidel se vuelve más interesante cuando dejamos de preguntarnos cómo convive con esas contradicciones y empezamos a preguntarnos si para ella lo son.
“No soy queer. Estoy casada con una mujer a la que conozco desde hace veinte años”, respondió durante una entrevista con la televisión pública alemana en 2023. La frase condensa buena parte de lo que la lider de la AfD considera su identidad: nunca ocultó su homosexualidad, solo rechaza aquello que, políticamente, se desprende de ella: la identificación con el movimiento queer, las políticas de género o cualquier solidaridad automática con otras minorías sexuales. No considera que ser lesbiana diga sobre ella mucho más que el género de la persona con la que comparte su vida.
La paradoja vuelve a hacerse visible al mirar el programa de la AfD. El partido reivindica como ideal la familia “tradicional”; cuestiona la enseñanza de la diversidad sexual y de género en las escuelas y ha presentado iniciativas contra el matrimonio igualitario. Weidel no encabeza una rebelión interna contra esas posiciones. Por el contrario, ha atacado públicamente al movimiento LGBTQ+ y, en particular, a las políticas de reconocimiento de las identidades trans. Ahí aparece una distinción fundamental entre representación y emancipación.
Durante décadas, una parte del feminismo depositó enormes expectativas en la llegada de mujeres y minorías sexuales a espacios de poder. Weidel obliga a volver sobre una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando quienes atraviesan las estructuras que históricamente los excluyeron no pretenden transformarlas, sino participar en la administración de quién más puede atravesarlas?
Sabemos que ser mujer no produce necesariamente una política feminista. La presencia de mujeres en posiciones de poder nunca aseguró por sí misma una transformación de las relaciones de género. Basta pensar en Margaret Thatcher, Georgia Meloni, figuras como Pam Bondi en Estados Unidos o las latinoamericanas Keiko Fujimori o Victoria Villarruel. La inclusión individual puede convivir perfectamente con la exclusión colectiva.
Una extrema derecha que aprendió a salir de su nicho
No se trata de un fenómeno exclusivamente alemán: Marine Le Pen lleva años ensayando una operación comparable al otro lado del Rin. Como parte de la desdemonización con la que buscó desprender al actual Rassemblement National de la herencia del viejo Frente Nacional de su padre, desplazó progresivamente el lenguaje abiertamente étnico de la extrema derecha hacia uno cultural: el problema ya no sería quién es racialmente francés, sino quién comparte (o amenaza) los valores de Francia.
La laïcité, uno de los grandes emblemas de la tradición republicana francesa, pudo convertirse así en una herramienta para presentar la hostilidad hacia el islam no como una cuestión racial sino como la defensa de una sociedad secular, moderna y libre.
El politólogo Guillermo Fernández-Vázquez, al estudiar esta transformación, muestra cómo la extrema derecha francesa fue apropiándose de conceptos y demandas asociados a las tradiciones liberal, democrática e incluso progresista para ponerlos al servicio de una concepción excluyente de la comunidad nacional. La reivindicación cambia de manos y también de función: aquello que alguna vez sirvió para ensanchar las fronteras de la ciudadanía puede utilizarse ahora para volver a cerrarlas.
Esta comparación permite, además, sacar a Weidel del terreno de la rareza individual. Fernández-Vázquez señala que una de las grandes transformaciones de la extrema derecha europea consistió precisamente en intentar abandonar su condición de “partido-nicho”: fuerzas concentradas en inmigración, seguridad e identidad nacional que, para crecer, necesitaban comenzar a disputar territorios políticos que hasta entonces les habían resultado ajenos.
En el contexto francés, el Frente Nacional disputó la agenda socioeconómica tradicionalmente asociada a la izquierda —el trabajo, la cobertura social y los servicios públicos—. Esta estrategia dio lugar al chauvinismo del bienestar, una postura centrada en subordinar la asignación de prestaciones estatales al criterio de pertenencia nacional. La AfD no es el Rassemblement National y Alemania no es Francia. Pero la pregunta que propone ese marco resulta especialmente productiva para comprender el ascenso de Weidel: ¿cómo hace una fuerza de extrema derecha para dejar de hablarles solamente a quienes ya piensan como ella?
No se trata tanto de eliminar las contradicciones como de aprender a gobernarlas.
Parte de la respuesta puede encontrarse en la propia dirigente. Alice Weidel está lejos de la imagen tradicional del líder ultraderechista europeo. Es mujer, lesbiana, economista, vivió en China, trabajó en el sector financiero internacional y construyó una vida familiar cosmopolita. La nueva ultraderecha no necesita que sus dirigentes reproduzcan personalmente el modelo social que defienden. Puede admitir la excepción sin modificar la norma.
La académica Jasbir Puar acuñó el concepto de homonacionalismo para analizar, entre otras cosas, cómo determinados derechos de gays y lesbianas pueden incorporarse al relato que las sociedades occidentales construyen sobre sí mismas: nosotros somos modernos, tolerantes y sexualmente libres; ellos —con frecuencia musulmanes, inmigrantes o sujetos racializados— representan el atraso y la intolerancia. Derechos que alguna vez sirvieron para cuestionar las fronteras del orden establecido pueden terminar convertidos en una nueva forma de decidir quién pertenece y quién no.
Homonacionalismo, chauvinismo del bienestar y apropiación de la laicidad empiezan a aparecer menos como fenómenos aislados que como variaciones de una misma lógica. Se toma un valor históricamente asociado al campo progresista y, en lugar de combatirlo frontalmente, se lo nacionaliza: protección social para los nuestros, libertad sexual frente a ellos, laicidad contra ellos.
La ultraderecha ya no necesita presentarse abiertamente contra las mujeres, los homosexuales o el Estado social. Puede hablar en nombre de sus derechos mientras conserva intacta la pregunta que organiza su proyecto: quiénes forman parte del “nosotros” y quiénes quedan afuera.
Alice Weidel quizás sea uno de los productos más acabados de esa transformación. Demuestra que la nueva ultraderecha europea puede incorporar ciertas diferencias sin renunciar a decidir cuáles merecen reconocimiento, cuáles deben permanecer confinadas al ámbito privado y cuáles directamente excluidas. En ese sentido, su política parece actualizar la vieja distinción de Carl Schmitt entre amigo y enemigo: la comunidad política se define no solo por aquello que comparte, sino también por la construcción de un “otro” frente al cual puede reconocerse como un “nosotros”.
La novedad es que las fronteras de ese nosotros se han vuelto más flexibles siempre que no se cuestione el orden que la contiene y, sobre todo, siempre que exista alguien más que encarne la otredad: el inmigrante, el musulmán, el refugiado, la persona trans. La extrema derecha del siglo XXI ya no necesita tener una sola cara: puede ser una mujer que habiendo atravesado la puerta, prometa cerrarla detrás de ella, publicó Página 12. (APFDigital)